En la carrera del chuin hermano
cantando me voy bien lejos
que aquí no hay mango dulce
como el mango banilejo.
En la voz del hombre que canta, las palabras vibran melodiosas y fuertes. Colocados en una hilera, cinco individuos se turnan para soltar al aire sus rimas de 4 versos. Cada vez que uno termina el resto repite a coro la última frase.
Ojalá que me cayera
de la altura de una palma
en que tu fueras la piedra
con que me partiera el alma.
Y resuenan las voces todas juntas: aayaaaayaay… con que me partiera el alma.
Son los chuineros de Baní. En ellos se mezclan la frescura y lo añejo, el sabor del momento con el de otras épocas de años ya pasados. Y es que en este pueblo hacer chuines es una costumbre antigua que se renueva en cada verso.
Cuentan que esta tradición de cantar rimas improvisadas es una herencia de las familias españolas, o más bien de las Islas Canarias, que se establecieron en la provincia de Peravia en el siglo XVIII. La mirada clara de los niños que juegan en las calles revela que la influencia de esos inmigrantes y sus descendientes se ha arrastrado hasta nuestros días.
“Pueblos blancos” es como se le llama al grupo de comunidades rurales del municipio de Baní en los que predominó la cultura española y donde los chuines surgieron con todo su esplendor. Estos pueblos incluyen a Boca Canasta, Villa sombrero, la Montería, Llano, Cañafistol, entre otros.
Los chuineros actuales, en su mayoría hombres de avanzada edad, adquirieron la tradición a través de labores agrícolas. Ángel Pimentel es un ejemplo de ello. A sus 64 años es uno de los pocos chuineros que quedan aún en el pueblo de Baní. Cuenta que aprendió a hacer chuines de niño, durante los convites y las recolectas de café. “En la sangre lo llevo”, dice con orgullo y como para demostrarlo entona:
Yo le ruego a Dios
que no se vaya la luz
si yo me muero por ahí
la culpa la tienes tú.
Hoy en día es la comunidad de Cañafistol la que se ha convertido en refugio y referencia de esta tradición. Si pregunta por los chuineros en cualquier otro pueblo de la región, le mandarán a buscarlos a “Cañafito”, como le dice la gente. Allí está el único grupo de chuineros organizados formalmente en una asociación. Rafael Mejía, miembro de este grupo, muestra con orgullo su carnet que reza “Los invencibles banilejos” y asegura: “Es aquí en Cañafistol donde se ha sembrado la raíz de verdad de los chuines”.
Aunque todavía se cantan chuines durante los convites, actualmente predominan en las fiestas. También se entonan en rezos y en mortuorios, si la persona fallecida o su familia lo pide. Rafael, como buen chuinero, afirma: “A mí hay que enterrarme con chuines y con pri-prí, porque eso es lo que me gusta”.
Acorde a los tiempos modernos, el grupo de Chuineros de Cañafistol ofrece sus servicios por contrato para fiestas privadas. Han viajado a distintos pueblos del país e incluso se han presentado en Cuba.
Conocedor de su historia, Rafael cuenta que el nombre original de estos cantos era el de “suines”, pero los moradores de la zona con el tiempo lo transformaron en “chuines”. Se me ocurre que en ese detalle de sustituir la s por un sonido tan nuestro como la ch se esconde el símbolo de una apropiación cultural, de que en algún momento la tradición dejó de ser extranjera y se tornó dominicana.
El sociólogo Dagoberto Tejeda explica que en otras regiones del país existen prácticas parecidas a los chuines. En el Este existen los llamados “cantos de toro”. Son también cantos de poesía improvisada, pero su técnica tiene un origen africano y utilizan el “pie forzado”, que consiste en iniciar cada poesía con el mismo verso que finalizó la anterior. En otros lugares encontramos manifestaciones similares como las plenas y las décimas, pero sólo en Baní se concretó la forma específica del chuin.
Una mujer buena moza india
al hombre le trae la suerte
pero si es guapa o celosa
le trae la cárcel o la muerte.
Los aplausos y las risas se confunden con el final de cada chuin. El público es parte esencial de este evento y se convierte, muchas veces, en protagonista.
A la mujer de esa cartera
que me diga si está sola
ojala y ser yo ese chicle /
pa’ que tú me hagas bolas.
Para evitar problemas los chuineros aconsejan a las mujeres que tengan parejas celosas no ponerse muy cerca. El enamoramiento es uno de los temas más recurrentes en los cantos, así como el desafío. A veces, dos chuineros se retan y hacen una especie de duelo a través de la palabra.
Ese contenido fogoso es parte del atractivo de los chuines. En un lenguaje cotidiano y corriente los chuineros improvisan piropos y desprecios, halagos y desméritos. Lo hacen además con un toque de humor, en algunos casos, y de sabiduría, en otros.
Aunque hay un fuerte predominio de hombres en esta tradición, Tejeda atestigua que no ha sido una práctica rígida ni sectaria y que hay mujeres que se han atrevido a romper con el machismo convirtiéndose en líderes de algunos grupos.
Para el sociólogo y folklorista la habilidad de hacer chuines exige una capacidad creadora, así como el desarrollo de una estética que, en este caso, es fundamentalmente oral. Rafael lo dice en sus propias palabras: “Para ser chuinero es preciso tener agilidad, memoria y soltura. El tímido no da para eso, porque no se puede tener miedo”.
El reto de la improvisación y la rima crea un orgullo en los chuineros que se extiende también a la comunidad, convirtiendo al chuin en un elemento de identidad. Éste es el gran valor cultural que guardan los chuines.
“El chuin es una expresión popular. Es un arte que sigue la lógica de la cultura oral, propia de los sectores populares y no de los dominantes como normalmente ocurre con las poesías que son escritas y llevadas a las academias”, afirma Tejeda.
Como toda tradición encierra siempre la búsqueda de una trascendencia, podemos reconocer en los chuines de Baní una forma de arraigo, una manifestación más de que la cultura dominicana lucha por mantener un contacto con su pasado histórico, con sus raíces.
Los chuines que yo te cante india
los guardas en tu memoria
que si muero por tu amor
tú me tengas en gloria.
La voz de Rafael se extingue en la última nota para dar paso al coro que hace vibrar el aire con sus palabras. En los chuines el pasado y el presente convergen logrando un sabor único que remite en todo el país a un mismo lugar: Baní.
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